domingo, 14 de julio de 2013

Sobre mí y mi imagen

Dice un amigo que recién estuvo hurgando en mi blog, que lo que más le llamó la atención fue mi foto; o mejor dicho, la imagen que escogí para presentarme en la bitácora. Aunque la elección de esa foto, y no otra, obedeció simplemente al hecho de que me gustó, y ya; mi amigo no es de los que se deja (con)vencer por una razón tan inocua, de ahí que se embarcara en un análisis cuasi psicoanalítico que ahora intentaré narrar en estas líneas. Les advierto que mi amigo, con solo 30 años de edad, es poseedor de una imaginación desmedida que a menudo conjuga con una rara erudicción que lo desborda; a veces creo que sabe de todo.


Comenzó diciéndome que el hecho de que escogiera una foto mía, en un balcón elevado (piso 10 en realidad) de uno de los tres edificios más altos de la ciudad, no es una decisión azarosa; responde –según su análisis- a la autocolocación psicológica sobre todo lo demás. En la imagen me encuentro por encima del otro exponente de la dupla arquitectónica (al menos la perspectiva lo sugiere así), por consiguiente, mi posición psicológica – insiste en la palabra- es superior incluso al lugar que espacial y físicamente ocupo.
Otra de las cuestiones interpretadas por mi amigo es la postura respecto a la ciudad: me asegura él que dándole la espalda estoy negándola dialécticamente, intento demostrar no solo que estoy por encima de ella, también por delante; - redundo. Aunque la urbe está ahí, yo no la observo, - más bien indago en mi lector- no la escudriño pues nada interesante guarda ella para mis ojos; si aparece (en segundo plano) es solo para contextualizarme. Resumiendo- comenta mi amigo– aunque no puedes escapar de la ciudad, definitivamente quieres dejar claro que no perteneces a ella.
Al menos dos elementos más (le) llaman la atención en mí, las gafas que cubren mi ojos y mi peinado. Según dicen: “los ojos son el espejo del alma”, entonces taparlos obstaculiza el acceso al ánima, crea cierto halo misterioso que despierta la curiosidad de los observadores. ¿Hubiese logrado el mismo resultado cerrado los ojos, no?- lo interrumpo. No, pues en ese caso el efecto no sería el mismo, quien mira la foto, esta foto, se sabe también observado; las gafas de sol te permiten ver sin ser visto. Mi peinado (los pinchitos, como se le conoce) funciona como alegoría, o más bien metáfora, de lo prolífero y desbordado de mis pensamientos. Desorganizados, multidireccionales y sólidos son mis engelados mechones de pelo, también mis ideas y concepciones sobre el mundo. 
Para finalizar, mi amigo, se detiene en la ciudad; o más bien en el manto de nubes que la cubre. No importa que este sea un elemento que no puedas modificar directamente – efectivamente mis designios no alcanzan para intervenir sobre esa porción de la naturaleza- podías haber esperado, haberte retratado otro día, o simplemente editar la imagen; sin embargo escogiste – aceptar también es una forma de escoger- un día nublado. El gris de esas nubes denuncia la tempestad que se cierne sobre esta urbe; a la cual por cierto, también estás dando la espalda. Reitero – más bien precisa- nada despierta tu interés en la ciudad, ni siquiera las adversidades que tienen que sortear diariamente sus naturales.
El análisis que hace mi amigo de mi imagen – permítanme aclararlo ahora- me mueve más a la risa que a la preocupación, a la cual debería inclinarme si creyera serias, o posibles, esas interpretaciones. Varias veces he estado tentado a cambiar esta fotografía, que tiene 4 años aproximadamente, por otra más actual y con alguna pose un tanto teatral, que describa –descubra- mejor mi ego; que realmente existe pero no en la forma en que mi amigo lo ve. Sin embargo, me ha resultado tan graciosa – uno de los recursos de la comicidad radica precisamente en la posibilidad de lo inverosímil – que ya he tomado una decisión al respecto, la foto se queda.