martes, 17 de septiembre de 2013

Cuando más falta nos hace falta, se marcha Daniel Díaz Torres

Me acabo de enterar que nos ha abandonado para siempre Daniel Díaz Torres, uno de los grandes de la cinematografía cubana, y estoy consternado. Con esta pérdida el cine nacional sufre un embate contundente, uno de esos golpes que al corroer las cimientes, pueden cambiar cursos. Se marcha Daniel, cuando necesitamos muchos danieles.

Si tuviera que definir en una frase la obra fílmica de Daniel no dudaría un momento en describirla como una genuina muestra de humor militante. Si en cambio me pidieran que describiera al cineasta entonces para definirlo escogería, acompañando al hombre, los adjetivos: imprescindible e irremplazable. Tanto la vida como la obra de Daniel transpira el compromiso inquebrantable con la sociedad que le toco vivir, pues él sabía que “la obligación del artistas es tener una mirada en profundidad sobre la realidad”.
Si hay algo que me ha marcado de la obra de Daniel es el uso profundo del humor. No encontraremos en ningunas de sus cintas el gag cómodo o el chiste fácil; el humor en la obra del cineasta alcanza pretensiones filosóficas. Para Daniel el humor, me atrevería a asegurar, era la forma más eficaz para provocar la reflexión, no en balde expresó que “el humor es una cualidad esencial de la inteligencia”.
La vida de Daniel estuvo marcada por la polémica, lo saben bien quienes vivieron, o conocen, los acontecimientos en relación con su película Alicia en pueblo Maravilla. Según palabras de su director, Alicia- la película –quería ser una crítica a tendencias y actitudes como la falta de coraje para enfrentar los problemas, la perdida de la capacidad de sorprenderse, la habituación al absurdo, el ejercicio burocrático del poder, la simulación. Ahora cuando rememoro la cinta me doy cuenta que es, al igual que toda la obra de Daniel, contemporánea.
A Daniel, el crítico constante e incisivo, nunca podrá acusársele de contrarrevolucionario, contrario a esto él pensaba que “el humor no es incompatible con la Revolución, (…) más bien todo lo contrario, es que lo necesita”. Con Daniel perdemos una parte significativa del arte genuinamente revolucionario, pues cada cinta suya, sin pretensiones de grandeza, revolucionaba la Revolución.