viernes, 27 de septiembre de 2013

La alternativa a la banalidad no puede ser la catarsis

Hace tiempo percibo cierta tendencia a criticar determinados productos culturales que no responden a supuestos cánones de la cultura verdadera, legítima, idónea… y vaya a saber cuántos adjetivos más. El tema en cuestión no es nuevo; ya Varela, Saco, Martí, Varona, Mañach, entre tantos otros, se quejaron en su momento del deterioro que experimentaba la cultura nacional. Lo que sí resulta novedoso es que, después de la intervención de Raúl en la Asamblea, se percibe cierto aumento de lamentos y catarsis que tocan el tema, sin abordarlo seriamente.
La mayoría de los escritos que he leído sobre este tema se limitan a exaltar los valores de la cultura cubana, contraponiéndolos con aquellos productos foráneos, exponentes de una “cultura de masas”, que invaden nuestros mecanismos de distribución formales, e informales. Cada crítico lanza su dardo horadando la cuestión, pero no he encontrado uno que logre encentrarla. En este post me dedicaré a comentar algunos de las ideas que se repiten en la mayoría de las críticas que he visto; y que sin ser falsas, no ayudan mucho a desentrañar las verdaderas causas e implicaciones del asunto.
La industria cultural globalizada pretende borrar las culturas autóctonas, populares y nacionales, sumiendo a los individuos en la enajenación, requisito indispensable para la hegemonía capitalista.
Por supuesto, lo he puesto más bonito, no siempre encuentro esta idea con el nivel de elaboración y concreción con que acabo de presentarla. El problema que veo con esta afirmación es que enuncia una consecuencia y no una causa. El problema real aquí está en el hecho de la capitalización del campo de la cultura. El capitalismo necesita penetrar las diferentes culturas, homogeneizándolas por una sencilla razón, es más fácil atender un mercado único que diversos nichos diferentes.
La clave para la comprensión del problema está en la palabra “industria”. Debe entenderse como tal el conjunto de procesos y actividades que tienen como objetivo transformar, con fines lucrativos, las materias primas en productos. Es decir, lo más importante es el dinero que logre recaudarse, si una actividad no es rentable y no tiene mercado, por muchos valores que posea, no será relevante para la industria cultural.
¿Entonces todo lo producido por la industria cultural carece de valor? Nada de eso. Quien lo dude que se remita a muchas de las grandes producciones de Hollywood, uno de los grandes de la industria cultural. El problema es que al no ser directamente proporcionales calidad y rentabilidad, la puerta de la industria cultural está igualmente abierta para el arte y la banalidad, el único requisito es que regrese aumentado lo invertido. Como diría algún personaje peliculero: “no es nada personal”
Los productos de la industria cultural cuentan con un enorme sistema de promoción y distribución que asegura la preponderancia de estos, sobre los productos genuinos de la cultura nacional.
Como industria al fin, el objetivo fundamental es aumentar las ganancias, y el capital. La promoción desmedida de los productos de la industria cultural busca en primera instancia su propio sostenimiento. Creo que todos estarán de acuerdo en que una industria sin consumidores no perdura. Por eso es que los dos mecanismos fundamentales que usa la industria cultural han sido tomados del marketing, la distribución y publicidad masivas. 
La publicidad, vehículo fundamental de la promoción capitalista, tiene como misión fundamental potenciar, o mejor dicho, aumentar el consumo del producto publicitado. Para los publicitas no hay mucha diferencia entre un libro, una película, un auto o un club nocturno; siempre que la contadora suene la publicidad responde. Por ende, me parece que exigirle a esta forma de comunicación social que se vista de arte es totalmente absurdo.
Ahora bien, esta afirmación que estoy analizando, y que encuentro a menudo en nuestra prensa (y en algunas bitácoras), aunque es cierta, no es exacta. Muchos auténticos artistas se benefician también de un sistema diseñado para apoyar “lo que sea” mientras tengan el dinero para pagarlo. Lo que sí es una verdad a voces, es que los productos seudoculturales (en otro momento escribiré sobre este término que no comparto del todo) superan en cantidad a aquellos que podemos considerar como genuinas expresiones artísticas, lo mismo “de elite” que “populares”.
Los productos foráneos de la industria cultural carecen de valores, y entran en franca contradicción con las políticas culturales de nuestro país.
Bueno, este planteamiento es la vía más fácil para evadir el análisis serio del problema al que se enfrentan los artistas, y por qué no, los directivos del sistema de cultura cubanos. En realidad los productos de la industria cultural que constantemente importamos no carece totalmente de valores, solo que poseen otros diferentes a los que deseamos para esta sociedad. Las películas, los seriales, libros, y otras tantas manifestaciones foráneas, reproducen valores capitalistas, nosotros en cambio deseamos construir el socialismo, he ahí la mayor dicotomía entre esas formas y las nuestras.
Por otra parte me parece muy ingenuo “echarle la culpa” a la industria cultural foránea del estado actual de nuestra cultura, sin asumir la cuota de responsabilidad que nos toca. Es práctica común en la prensa nacional, cuando se toca el tema (con la punta de los dedos) hacerlo desde la retórica. Pongo algunos ejemplos extraídos de diferentes medios: ¿cuánto tiene de responsabilidad la promoción, o los promotores, en la banalización de la cultura? ¿Quién escogen los talentos artísticos que bajo el membrete de actividad cultural demuestran una falsa crisis de nuestra música? ¿Quiénes financian una banalidad tan bien diseñada? No encontré las respuestas en los artículos de donde salieron las preguntas.
Sin pretender una respuesta totalizadora comentaré algunas ideas al respecto. La banalidad no se abre paso sola, no tiene conciencia propia, está presente porque somos nosotros mismos quienes la importamos, las distribuimos y las consumimos. Los Estados Unidos nos tienen sometidos a un genocida bloqueo de materiales e insumos, pero ellos no tienen forma de bloquear nuestra creatividad; que por cierto no percibo en las aventuras, en las novelas, musicales, en los programas de participación o en los otros para niños y adolescentes de la TV cubana, con escazas excepciones claro (Lucas podría ser una). El Gigante del Norte tampoco es quien nos impone sus series, show, animados, etc.; somos nosotros quienes la distribuimos en “paquetes” o rellenamos la TV nacional con sus productos, imitamos sus estilos y reproducimos sus formas, con el costo ideológico que esto conlleva.
Es necesario darse cuenta que las producciones culturales son costosas sí, pero totalmente necesaria si las comparamos con los resultados que estas promueven en el campo de la ideología, la sociedad y también en la política. No podemos seguir entregando estos terrenos a las malas praxis, a la improvisación, ni rellenándolos con “lo que venga” de “donde sea”. Dejemos de asumir la cultura como un gasto, cuando en realidad es una inversión. Solo potenciando nuestra cultura, nuestros valores, podremos mantener el socialismo que disfrutamos hoy.