martes, 25 de marzo de 2014

Siguaraya City


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Los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo sobre el origen del nombre de Siguaraya City, la ciudad donde vivo, santa y prostibular capital de la República de la Siguaraya. Los folios más antiguos de Herodoto Leal tampoco son muy claros respecto a qué sórdidas razones llevaron a bautizar esta ciudad como el palo de monte que sin permiso no se puede cortar. Pedir permiso, por cierto, es una necesidad patológica para muchos nativos con la glándula iniciatival atrofiada por falta de uso, pero los expertos lo descartan como raíz etimológica de la City, porque aquí hay muchos mandaos a correr. “Cuando no llegan, se pasan”, nos definió un ilustre dominicano…
Fuera quien fuera, el egregio patriota que nos definió como la Tierra de la Siguaraya merece un busto en cada parque o plaza central del país, mirando al horizonte con ojos de yeso, estoico como todo prócer bajo el bombardeo fecal de los totíes. Va y hasta le pondrían su nombre a la cuarta calle de cada pueblo, porque a Martí, Gómez y Maceo nadie les quita el un, dos, tres.
Ser siguarayense es un vacilón, y asumimos la vida como tal. Nadie nos gana extrañando, ni riéndonos de lo serio, si acaso algo lo fuera. Cómo va a ser serio un país con carnavales, filosofa un social. Aquí vamos de la solemnidad extrema al choteo implacable, y lo real maravilloso reina en cada esquina como algo absurdamente cotidiano. Por ejemplo, en Siguaraya City no nos basta con una y tenemos dos monedas. Es más, una de ellas es tan dura, que vale más que el dólar, y su tasa cambiaria depende no del mercado mundial, sino de si pagas en moneditas o en billetes. Así, un peso en moneda dura puede valer 20, 23, 24 o 25 pesos de la otra moneda, fofa y lacrimosa. Existe la leyenda urbana de que algún día acabará la dualidad monetaria, pero hasta entonces seguirán los salarios en moneda blanda, y casi todas las tiendas venderán en moneda dura.
Dicen que las cosas que pasan en Siguaraya no pasan en más ningún lado. Servicios que solo se ofertan en horarios laborales. Tiendas que cierran cuando la gente comienza a salir del trabajo. Cafeterías particulares que no abren los fines de semana. Ofertas que te venden 50 jabones juntos por el mismo precio que te los venderían por separado. Filósofos del volante que pontifican al módico precio de 10 pesos, llevándote no a donde tú vas, sino por donde ellos cogen. Noticieros para reírte y programas humorísticos para informarte. Pueblos con un único mártir para nombrar lo mismo una escuela que un cabaret. Otros donde apenas una casa separa la discoteca local de la funeraria. Personajes, costumbres, historias…
Las historias en esta tierra se dan satas, como bostezo en asamblea. Un querido colega -gloria de la cultura nacional- las inventa en el aire, pero a falta de su imaginación, yo les contaré cada semana los casos y cosas de nuestra Siguaraya City. Algunas son increíbles, pero no tanto como no tenerlas a diario dándole color a la prensa. Me preocupa mucho lo que pensarán de nosotros en el futuro, cuando quieran conocernos y descubran un país que varía según quien lo cuente. Por las hemerotecas oficialistas desfilará acompasadamente un país lineal, chato y sobrecumplidor de cuanta meta se proponga. A su vez, en la prensa contraria sufrirá un país sometido, de corderos y autómatas kimjongilianos. En las bibliotecas del futuro, se leerá en los libros finiseculares que nuestra sociedad no era tan bonita como la escribían par de décadas antes, y según las películas de nuestra época, Siguaraya es solo su capital, una sórdida urbe habitada por supervivientes, donde todos nos prostituimos de una forma u otra, porque somos puro fuego sexual…
Siguaraya City es todo eso, pero todo eso no es Siguaraya City. Gente del futuro, no dejen que nadie les meta cuento. Se los digo yo que soy de aquí…

Tomado de: http://www.oncubamagazine.com/columnas/siguaraya-city/