jueves, 17 de julio de 2014

CONVERSANDO CON ALEJANDRO RODRÍGUEZ SOBRE LA LEY DE CINE EN CUBA

Por: Juan Antonio García Borrero
Alejandro Rodríguez es uno de los blogueros camagüeyanos que más disfruto leer. Lo que me seduce de su escritura es su vocación polémica cargada de irreverencia. Escribe bien, y tiene además un gran sentido del humor, lo cual ayuda a que el periodismo que propone sea el doble de incisivo y perturbador. Por supuesto, eso le ha triplicado admiradores, pero también el número de detractores: el choteo inteligente suele ser un arma de incomodidad masiva.
Ahora el Alejo me ha enviado unas preguntas relacionadas con las nuevas tecnologías y el futuro incierto de la Ley de Cine en Cuba. Comparto mis respuestas que, desde ya, anuncio que carecen de la gracia del interrogador.
JAGB
Pregunta: ¿Por qué crees que en el actual contexto de cambios que vive Cuba, sean justamente los cineastas los que más presión estén haciendo para una nueva institucionalización de su actividad?

Respuesta: En realidad sería un poco arriesgado afirmar que los cineastas son los que más presión están ejerciendo en estos instantes dentro de la sociedad cubana. Tal vez están siendo uno de los grupos que más visibilidad vienen alcanzando con sus demandas, precisamente por el carácter público de sus actividades, y el respaldo mediático que han obtenido. Pero me imagino que en un contexto como el nuestro, tan cargado de expectativas personales y colectivas, y una coyuntura como la actual en la cual hay tantas actividades que de pronto han pasado a ser responsabilidad del sector privado, sospecho que otros intentarán concederle el mismo nivel de institucionalización a sus intereses, o lo que es más o menos parecido, similar nivel de legitimación a cada una de estas prácticas. Yo vería en esto la aspiración natural por lograr implementar un verdadero Estado de derecho, una sociedad donde lo que se haga o se deje de hacer tenga más garantías legales que los simples cambios en el humor de los burócratas o ideólogos que rigen estas actividades.
Pregunta: ¿Qué beneficios y/o limitaciones te parece que supondría una futura Ley sobre el cine que se hace hoy en Cuba?…. Para los cineastas como profesionales, para la salud general del cine cubano; para la producción y la distribución de los materiales, pero sobre todo para la génesis del acto creativo (la libertad de los artistas).
Respuesta: El primer beneficio que le veo es que, por fin, estaríamos hablando y actuando desde “nuestra época”. Hace ya bastante tiempo que en Cuba, en la vida cotidiana, y pese a todas las precariedades tecnológicas, logramos pasar de la edad del celuloide a la edad del celular, pero son pocos los que en este país se enteran de ese tránsito.
Todavía se sigue añorando los grandes cines, porque la mentalidad cubana sigue siendo esencialmente analógica. Y es una lástima porque se pierden de vista todos los efectos que ya ha tenido en nuestra sociedad la lenta pero irreversible entronización de lo digital, que no solo repercute en las políticas de producción audiovisual, sino antes, en los fenómenos de recepción.
Porque al final, los que están decidiendo los cambios más revolucionarios y radicales en los hábitos de consumo audiovisual del cubano del siglo XXI no son las instituciones cubanas, absolutamente superadas por la época (aquí incluyo al ICAIC, desde luego), sino todos esos dispositivos que aprovechando las abundantes herramientas que prodiga la actual revolución electrónica estimula la aparición de nuevos productores y nuevos consumidores de imágenes acompañadas de audio.
Los propios creadores que hoy reclaman con mucha lucidez y valentía la instauración de ese cuerpo legal que proteja sus actividades siguen apelando de modo inconsciente a eso que alguna vez conocimos por “cine”, pero que hoy ya no existe, o está en vías de mutar en algo absolutamente inédito. Yo a estas alturas del partido prefiero hablar de audiovisual expandido, donde el cine (en su dimensión más tradicional) sería apenas un capítulo dentro de esa gran historia que es la historia de las imágenes proyectadas en público. Es decir, las imágenes como espectáculos que nos seguirán deslumbrando del mismo modo que en su momento deslumbraron a los contemporáneos de los hermanos Lumiére, pero con otro perfil.
Luego, ¿cuál sería el beneficio de una ley como la que están pidiendo? Primero, la protección de eso que indiscutiblemente devino arte cinematográfico, y que hoy podría perderse en medio de tanta vorágine y falsa creatividad. La facilidad para acceder a las nuevas tecnologías ha avivado el espejismo de que cualquiera puede hacer una película, y esto ha traído como consecuencia que las jerarquías se pongan en peligro, o que sencillamente, se pierdan. Eso me parece monstruoso, porque con la creación del ICAIC en 1959 se consiguió crear en Cuba una verdadera cultura cinematográfica donde era importante la producción de películas, pero también el consumo de lo más relevante de esta expresión artística. Hoy las circunstancias son otras, y ya estamos pagando parte del precio. Un marco legal podría propiciar una obtención más inteligente de fondos, estimular incluso la inversión extranjera tomando en cuenta que hablamos de una actividad con un alto perfil transnacional, y poner esas ganancias en función de mejorar las tecnologías para producir, pero también para consumir. Las salas colectivas van a seguir existiendo, y yo no sé si tendremos que cambiarles los nombres, pero es preciso que esas salas mejoren sus condiciones primero.
Pregunta: ¿Crees que el cine hecho por jóvenes realizadores, a través de las dinámicas productivas que más lo caracterizan- productoras independientes, apoyos financieros que no vienen exclusivamente del ICAIC…- sea muy diferente en esencia al que se hacía en otras décadas?
Respuesta: Las lógicas de producción son diferentes, y en algunos casos han tenido excelentes resultados. Estoy pensando en películas como Juan de los Muertos, Melaza, por poner un par de ejemplos. Temáticamente ese audiovisual realizado por jóvenes se había caracterizado en un principio por reflejar críticamente la realidad cubana, por mostrar zonas de la realidad que la prensa oficial solía o suele omitir en sus discursos, pero sin grandes pretensiones en cuanto al uso del lenguaje cinematográfico.
Yo tuve la suerte de dirigir la Primera Muestra de Jóvenes Realizadores, que la hicimos en La Habana en el 2001, y recuerdo que el trabajo de curaduría fue arduo, porque se presentaron más de un centenar de materiales, y se podían contar con los dedos de una mano aquellos que sugerían novedad en el uso del lenguaje. Claro, siempre queda la satisfacción de que varios de los que formaron parte del programa inaugural hoy ya tienen una filmografía importante, como Miguel Coyula, Esteban Insausty, Pavel Giroud, Léster Hamlet, Humberto Padrón, por mencionar a algunos de los que entonces se presentaban por primera vez.
En los últimos tiempos se advierte una mayor madurez, y mayores ambiciones. Ya no se trata sólo de denunciar un estado de cosas, sino de apelar a la sutileza, a la complejidad expositiva para crear un cine “diferente”. A mí siempre que alguien me habla de “independencia creativa” me activa el botón de la sospecha. He visto mucha producción realizada al margen del ICAIC que si se quitan los créditos se habría podido jurar que fue hecha institucionalmente, debido a la ausencia de riesgos y la abundancia de “correcciones”. En cambio, el ICAIC fue durante un tiempo un verdadero hervidero de herejías formales. Por allí sobrevive un puñado de películas que siguen inspirando los deseos de romper moldes.
Pregunta: ¿Cuánto hay de inevitabilidad tecnológica y cuánto de "cambio de mentalidad", en el hecho de que ahora sea posible encontrar muchísimos más materiales con una crítica más descarnada sobre la sociedad cubana?
Respuesta: Creo que una cosa siempre llevará implícita la otra. Los cambios tecnológicos propician cambios en las maneras de representarnos el mundo, y las representaciones del mundo son, esencialmente, procesos mentales. Por otro lado, quien posea esos medios de representar el mundo, y la capacidad para distribuir y colocar las imágenes que se deriven de esa producción en lugares estratégicos, estará garantizando su propia legitimidad como ente rector de esas representaciones. De allí que todos los grandes poderes siempre persigan el control de estos dispositivos. Las nuevas tecnologías están poniendo en crisis el control de esas representaciones. No ocurre solamente en Cuba. Véase, por ejemplo, el boom mundial de los llamados reality shows, con todas esas inéditas estrategias de representación social donde sale a la luz precisamente lo que nuestros padres nos habían dicho que era obsceno mostrar en televisión.
En el caso cubano es evidente que la tecnología no ha inventado a la nueva mentalidad crítica, sino que en todo caso ha contribuido a llevar a la esfera pública, intereses y sujetos sociales que hasta ahora habían estado silenciados por un discurso monolítico, y en apariencia, sin fisuras. Mi aspiración, en el plano personal, es que esa crítica gane en densidad, en rigor, y que sea capaz de llegar a la esencia de nuestros problemas públicos, y sobre todo someter esos problemas a un debate oficial donde serán los argumentos, y no los prejuicios, los que alcancen el protagonismo. Pero para eso, entre otras cosas, necesitaríamos una Ley de cine que nos ofrezca todo tipo de garantía legal.

Tomado de: http://cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com/2014/07/16/conversando-con-alejandro-rodriguez-sobre-la-ley-de-cine-en-cuba/